Empieza casi siempre igual. Alguien perfecciona una receta familiar durante años, ajusta el punto de cocción de una mermelada o el curado de un fiambre hasta que queda como quiere, y un día decide venderlo. El primer envase suele ser el que hay a mano, una etiqueta escrita a mano o impresa en una hoja común, pegada con cinta sobre un frasco reciclado. Funciona para vender entre conocidos, en la puerta de casa o en un grupo de WhatsApp del barrio, pero llega un momento en que ese mismo producto necesita entrar a una feria, a una tienda de barrio o a un canal de venta más amplio, y ahí el envase deja de acompañar y empieza a jugar en contra.
No se trata de vergüenza ni de estética por la estética misma. Un producto alimenticio que se vende sin la información obligatoria que exige la normativa bromatológica argentina puede tener problemas reales para circular fuera de un círculo cercano, y una identidad visual poco definida hace que sea difícil que alguien recuerde tu marca la segunda vez que la ve en un estante. Ahí es donde entra nuestro trabajo: tomar ese producto que ya tiene calidad comprobada en el sabor y darle una imagen y un envase que estén a la altura, sin perder la esencia artesanal que lo hizo bueno desde el principio.